29/9/1979 Clausura del Congreso extraordinario del PSOE

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29/9/1979 Clausura del Congreso extraordinario del PSOE

Este Congreso Extraordinario del PSOE tuvo lugar en Madrid los días 28 y 29 de septiembre de 1979 como consecuencia del resultado del celebrado en mayo, asistiendo a sus sesiones 421 delegados. La contundencia del nuevo sistema de votación quedó ya patente en la elección de la mesa del Congreso, pues los críticos sólo contaban con la delegación madrileña, el 10% del total, mientras que la delegación andaluza, que encabezaba Alfonso Guerra, votaba por el 25-30%.

El triunfo del sector liderado por Felipe González fue total. La candidatura opositora, presidida por Martínez Amutio, e integrada por Gómez Llorente, Castellano, Bustelo, Garcés y Saavedra, obtuvo una gran derrota con el 7% de los votos, pero constituyó el germen de la corriente Izquierda Socialista. El triunfo de González fue sonado, consiguiendo el 85% de apoyos. Hubo dos motivos para ello: por una parte, la acertada reacción felipista tras el inicial desaliento, de la mano de Alfonso Guerra, fue dirigirse directamente a los militantes, que eran quienes iban a decidir, por vía de las agrupaciones; mientras tanto, los críticos se dedicaron a hacer declaraciones públicas en los medios, dirigiéndose muy poco al partido. Por otra parte, las reglas habían variado sustancialmente del congreso de mayo al de septiembre, pues en aquél se habían aprobado las delegaciones por federación, en lugar de por agrupación. Guerra, que encabezaba la delegación andaluza, decidía un 30% del resultado total de la votación, por lo que los socialistas andaluces con opiniones minoritarias, no tenían posibilidad alguna de hacerlas valer.

Gómez Llorente salió de la ejecutiva, siendo sustituido como secretario de Formación por José María Maravall. Los críticos, por su parte, dieron una imagen pública de excesiva radicalización marxista, en lugar de ofrecerla de reforzamiento de la pluralidad del partido y su dirección, subrayando la negativa de González a aceptar una dirección integrada por sus seguidores y los críticos, negándose en redondo a compartir el poder. La mayor parte de ellos se encerró en Izquierda Socialista, excepto algunos que se pasaron a las filas del felipismo, y otros que intentaron mantener poder, como los tiernistas. Las consecuencias serían evidentes: por una parte, el triunfo electoral de 1982 y la buena imagen de un partido centenario que había sabido ponerse al día; los inconvenientes tardarían más tiempo en aflorar, si bien los críticos no solamente fueron derrotados, sino que obtuvieron muy mala prensa, que les acusó de pobreza teórica. El marxismo quedó reducido a un mero método de análisis, pero ya no una guía para la acción.

No obstante, y a pesar del triunfo, algunas deficiencias quedaron patentes: el liderazgo de González, a pesar de que significase el contrapunto a las luchas internas que acabaron con la UCD y que se empezaban a sentir en el PCE; un partido poco hecho ideológicamente, con una aparente defensa de posiciones radicales, sin ideas claras en la realidad, pasando de ser el partido socialista más radical entre los de la Europa occidental, al más moderado. Además, y en el terreno práctico, antes del triunfo electoral de 82 el PSOE tenía que aumentar la militancia; atraer al resto de grupos socialistas; aclarar sus permanentes dudas entre reforma y revolución; y establecer una dirección y organización internas democráticas y eficaces.

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